4382955608_3c0c8450e8_bEra una tarde soleada de primavera. La brisa corría ligera en aquella terraza con vistas a la montaña. Un lugar privilegiado en el que estar en verano, pero imposible de disfrutar en invierno. Sonaba una canción en francés de fondo. Su melodía era suave con un ritmo marcado que relajaba a cualquiera. Un día perfecto para conocerse.

Sintió como le cogían de la estantería y le ponían en la mesa. Sabía que era su turno. Alguien estaba a punto de descubrir los entresijos de la historia de amor en la antigua Roma que contaban sus páginas. Y por lo tanto, él estaba a punto de conocer a quien sería su compañero o compañera durante los próximos días. Esperaba ansioso el encuentro. Estaba nervioso. Tenía pensado hasta cómo se iba a presentar. Pero cuando ella apareció se quedó mudo. No pudo articular palabra.

Ella era…más que elegante. Su figura metálica dejaba sin hipo a los que la podían observar. Los arabescos que por ella se dibujaban embaucaban las miradas de todos sin distinción. Y el cordón rojo que de su parte superior nacía resultaba irresistible para muchos.

-Hola, me llamo Aitor-, dijo él casi en un susurro una vez estaban instalados y apoyados sobre la mesilla. Estaba tan asombrado por la belleza de ella que aún no era capaz de pensar con claridad.

-Hola, yo soy Ariadna-, contestó ella intentando controlar el rubor de sus mejillas. No entendía por qué se ruborizaba. Hasta la fecha habían sido muchos los libros con los que había compartido experiencias. Sin embargo, lo que sintió al ver a este era algo nuevo para ella. Algo que no reconocía.

Así comenzó su pequeña historia. Con los días fueron soltándose, perdiendo la vergüenza, acostumbrándose a la presencia del otro. Ella le habló de que llevaba mucho tiempo en la familia. “Soy como un regalo familiar que pasa de generación en generación”, le dijo una vez. Él le contó las diferentes moradas que había tenido. Bibliotecas privadas, tiendas de segunda mano…habían sido sus últimos alojamientos. Los días fueron pasando.

Una noche, al despedirse para dormir, ella empezó a darle vueltas a lo que sentía. Sería normal esa sensación que tenía cada vez que amanecía. Tenía un deseo de pasar el día hablando con él. Temía perderle, decepcionarle. “¿Sería esto amor?”, se preguntaba a menudo. Aunque eran muchos los libros que había conocido nunca se había sentido así. Eran sensaciones demasiado nuevas para ella. Quería compartirlas con él. Durante varios días intentó contarle lo que sentía. No quería separarse de él sin que lo supiera. Y el gran día llegó.

Amaneció lluvioso. Estaba decidida. No llegaría la media noche sin que se lo hubiera dicho. Como cada mañana empezaron el día contándose lo que habían soñado. Ella se lo inventó. Estaba tan inquieta con su decisión que no había logrado dormir. Él había soñado que volaba sobre un campo de margaritas. Siempre soñaba con volar.

         -Tengo que decirte algo-, dijo apresuradamente cortándole

Él se quedó callado. No se esperaba esa reacción. Asintió suavemente con la cabeza y la miró fijamente a la espera de sus palabras.

-Perdóname por córtate así-, se disculpó. -Llevo tiempo dándole vueltas…y al final me he decidido. Hay una cosa que quiero decirte. Quiero que lo sepas. Espero que no te incomode-, continuo.

-Te escucho-, le dijo él expectante. En el fondo tenía la esperanza de que en sus palabras estuviera implícito el amor. Sino tendría que ser él quien tuviera algo que contarle.

Tras un largo silencio se lanzó a hablar. -Verás…es que…desde hace tiempo…-, comenzó.

Tiempo. Eso es lo último que ella pudo decir y él pudo escuchar. La lectura había llegado a su fin. Él fue devuelto a la estantería y ella presentada a una nueva historia. Le faltó tiempo para poder decirle lo que sentía. No sabía si le volvería a ver. No sabía si podría tener otra oportunidad así…le había perdido. Y no había logrado decirle lo que sentía.

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